En estos días de calor intenso que cada verano caracterizan a nuestra ciudad, quienes circulan diariamente a pie por Chillán deben notar y sufrir de mayor manera la ausencia de árboles que generen sombra y brisa en nuestras calles y avenidas, a excepción de la Avenida O´higgins a partir de Collín hacia Chillán Viejo.
Asimismo, en esta época en que oscurece más tarde y los niños están de vacaciones, se hace más evidente que nunca la inexistencia de áreas verdes públicas accesibles que inviten al esparcimiento, contacto con la naturaleza, relajo y descanso para aquellas personas que por diversas razones no pueden salir de la ciudad.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que para diversos aspectos relacionados con el bienestar físico y mental de sus habitantes, las ciudades cuenten con al menos 9m2 de áreas verdes por persona. Llevando estas recomendaciones a la práctica, una ciudad como Chillán, que en el 2002 –año del último censo- contaba con 216.061 personas, debería tener 1.944.549m2 de áreas verdes. Es decir, aproximadamente 200 hectáreas de parques en su interior (es importante distinguir que “parques” no es lo mismo que “plazas”, de las que obviamente tampoco tenemos en esa cantidad).
La realidad contrasta violentamente con estas cifras, y seguramente, también los efectos que esta carencia tiene en todos nosotros en comparación con aquellas comunidades que sí cuentan con este beneficio.
Las áreas verdes urbanas tienen una serie de funciones prácticas. Entre ellas, captar el agua de las lluvias para evitar anegamientos, generar oxígeno y con esto limpiar el aire de los contaminantes (en nuestra ciudad, principalmente la locomoción y chimeneas en invierno), proveer sombra y brisa disminuyendo el calor en el verano, amortiguar el ruido, y constituir un refugio y hábitat para la fauna silvestre que habita en las ciudades. En términos sociales, las áreas verdes favorecen la recreación y el deporte de sus habitantes, además de aumentar la sensación de agrado de las personas con su espacio. Y en términos económicos, aumentan la plusvalía de las zonas en que se encuentran.
En nuestra ciudad, sin embargo, no sólo no contamos con las áreas verdes suficientes, sino que además los escasos espacios destinados a la vegetación acusan una triste falta de mantención y preocupación que lleva a que la poca flora existente sea permanentemente mutilada y se desarrolle de manera deficiente.
En consecuencia, estos espacios no invitan a la las personas a su utilización y aún menos permiten su goce. Y las familias de menos recursos, que son la mayoría de nuestra población, se encuentran en esta época con la triste realidad de no contar con lugares donde escapar del calor y ruido de automóviles, y de verse así privados del justo descanso y esparcimiento que todos necesitamos y por lo tanto al que todos tenemos derecho.
Recorriendo la ciudad con ojo crítico, es posible advertir también que son muy pocas las personas que se preocupan de mantener en buen estado la vegetación de su vereda. En muchos casos ni siquiera mantienen en óptimas condiciones sus propios jardines. En este escenario de poca cultura y valoración de la naturaleza, es difícil que los chillanenses sepan exigir a sus autoridades que aumenten las áreas verdes de la ciudad o que por lo menos mantengan en buen estado las existentes.
Qué agradable sería para todos nosotros vivir en una ciudad rodeada de verde. No sólo aumentaría la plusvalía de la ciudad -lo que favorecería nuestro desarrollo económico-, sino que además aumentaría nuestra calidad de vida y nos permitiría dar un salto en términos de habitabilidad en comparación con otras ciudades del país.
Pero principalmente, permitiría que todos y cada uno de nosotros pudiera “vivir” la ciudad puertas afuera, encerrándonos menos en nuestras calurosas casas en el verano y aprovechando los momentos de sol al aire libre en el invierno. Quienes más aprovecharían estos beneficios son las futuras generaciones, que crecerían valorando la naturaleza de su entorno y aprendiendo a cuidarla. Esto, además de todos los beneficios culturales y humanos de contar con espacios naturales, seguros y agradables donde jugar y compartir con sus familias en los momentos de ocio.
Ojalá las autoridades pudieran comprender esta situación y demostrar más esfuerzo en el aumento de espacios de esparcimiento, y ojalá también los ciudadanos supiéramos exigir un cambio en este sentido y demostrar la cultura necesaria para valorarlo.